Abrazos.

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende.

El libro de los abrazos – Eduardo Galeano.

Por lo importantes que son los abrazos, como alguien me ha recordado hace poco. Por esos maravillosos fueguitos que lo encienden todo a su paso, que deslumbran, que viven. Que se me contagie esa pasión y fuerza y que algún día llegue a ser uno de ellos.

Reinventarse.

Antes de entrar a describir a Ruth, habrá primero que advertir o recordar al lector que cada persona es más que una persona, que cada persona constituye una determinada intensidad de existencia que se envasa en formas distintas en momentos concretos, una multiplicidad contradictoria. Y de esa manera Ruth sabía, como todo el mundo sabe o debiera saber, que ella no era siempre la misma, que había muchas Ruths distintas. En numerosas ocasiones Ruth había sentido diferentes cambios en su vida y cada uno había sido como una marea, como una enorme ola que llegase a a playa y arrastrara cuanto encontrara, dejando tras de sí la orilla virgen de pisadas, a una neuva Ruth que olvidara las desgracias y los sinsabores de la antigua. Y solo por eso Ruth había sobrevivido: porque había impuesto la desmemoria en su existencia, porque había ido olvidando muchas reinterpretaciones de sí misma para volver a reinventarse cada vez que creía que sería imposible soportar la vida tal y como la estaba viviendo.

De todo lo visible y lo invisible – Lucía Etxebarría.

 

 

Juntos, nada más.

—Tienes razón, no lo vamos a conseguir… Más vale que te largues… Pero déjame decirte un par de cosas antes de desearte buen viaje: la primera tiene que ver con los intelectuales, justamente… Es muy fácil descojonarse de ellos… Sí, es fácil que te cagas… Muchas veces no son muy cachas y además no les gusta meterse con nadie… No les emocionan las demostraciones de fuerza, ni las medallas, ni los cochazos, así que sí, es muy fácil… Basta con arrebatarles el libro de las manos, la guitarra, la pluma o la cámara de fotos, y ya no dan pie con bola, los muy gilipollas… De hecho, es la primera cosa que suelen hacer los dictadores: romper gafas, quemas libros o prohibir conciertos, no les sale caro, y les puede evitar más de un problema más adelante… Pero déjame que te diga que si ser intelectual significa que a uno le guste aprender, ser curioso, atento, admirar, emocionarse, tratar de comprender cómo funcionan las cosas e intentar irse a la cama un poco menos tonto que la víspera, entonces sí, reivindico mi condición totalmente: no sólo soy una intelectual, sino que además estoy orgullosa de serlo.

Juntos, nada más – Anna Gavalda. 

Sonrisas.

A ese instante de mi vida, a ese pequeño instante… lo llamo felicidad.

Es curioso hasta qué punto se puede echar de menos algo. “Algo”. Pero un “algo” importante, un algo que te llena y que te hace sentir bien. Un “algo” que quizá durante el año no he sabido valorar, un “algo” que puede agobiarte en un momento determinado. Pero sólo porque se te ha olvidado qué te llevó a comprometerte con ese algo. Con esos algos, cada uno con nombre y apellidos. Con esos algos que te dan más de lo que tú les das a ellos. Tengo ganas de volver. De crear un nuevo momento cero.

“(…) Allí está Chema, sentado tranquilo, haciendo los deberes de mates como si nada. El voluntario siente caerse de cinco pisos de altura y estrellarse de morros contra el suelo. Llega y se sienta. Indiferencia. Primer asalto. “Esta multiplicación, ¿está bien?”. Indiferencia. Segundo asalto. “Venga, no lo haré más, de verdad.” El voluntario fija la mirada en él con dureza y al interpretar aquello como una disculpa encubierta, querría abrazarlo y besarlo y hacerle jurar que no se repetirá. Pero dice en tono neutro: “A ver, déjame que lo repase.” Mientras corrige la operación, observa de reojo al enano que espera el veredicto pintando con el lápiz en la mesa. “Si no lo haces mejor es porque no quieres, las mates las tienes dominadas”, y el Chema sonríe y pide ir al servicio. Después, la puntilla final: “Mañana me vuelve a tocar contigo, ¿no?”. Y, al salir corriendo, el voluntario ya no entiende nada de nada, se produce un impacto en su cabeza similar a un choque frontal de camiones. Todo se agita, confuso, extraño.

Tal vez sea ése el momento, sí, posiblemente es entonces. O tal vez no.

Nadie sabría situar cuál es el momento cero, el inicio. Es muy complicado intentar decidir dónde y cuándo empezó todo.

Te echo de menos, REC.

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Sí sabes lo que quieres, pero hace demasiado que no te escuchas. Crees que lo haces, pero no es así, porque si realmente lo hicieras, hace ya mucho tiempo que habrías cambiado de actitud y de vida. Y dime, ¿cómo vas a escucharte si no paras? ¿Sabes lo que es el silencio? El silencio es algo grande, muy grande. No tengas miedo a sentirlo.