La luz en casa de los demás

Por eso te escribo.
Porque no consigo pensar en nada más que en ti.
Y porque son tantas las cosas que me gustaría darte, desde este mismo momento hasta siempre, y tengo tanto miedo de no ser capaz que, al menos, si algún día lees esta carta, sabrás que lo habré intentado con todas, todas, todas mis fuerzas.

Me gustaría encontrar para ti un nombre perfecto, uno de esos nombres que, cuando la gente te pregunta “¿Cómo te llamas?”, al contestarles tú “Me llamo tal”, te dicen: “Pero ¡qué bien te queda ese nombre! ¡Parece hecho a propósito para ti!”

Me gustaría, me gustaría, me gustaría.
Darte todo el chocolate que quieras sin que engordes (está riquísimo, mi preferido es el que lleva leche).
Hacer muchos viajes contigo (yo ni siquiera tengo pasaporte, pero ahora me lo voy a sacar porque el mundo es enorme, y tú tienes que verlo todo, tienes que conocerlo entero).

Me gustaría que tuvieras muchos amores tontos, de los que te ponen mariposas en el estómago y te hacen sentir que estás como en una nube: todo el mundo me dice y me repite que, en la vida, el amor no lo es todo, y por supuesto que tienen razón. Pero ¿qué quieres que te diga? Los días más felices de mi vida han sido aquellos en que he estado enamorada. A lo mejor de alguien que no valía en absoluto la pena pero ¿qué más da? No hay nada más bonito en el mundo que despertarse en una cama en la que nunca habías dormido antes y pensar: en este preciso momento no necesito nada más de la vida.
Vamos, que me gustaría que vivieras tantas y tantas mañanas como ésas.

Pero claro, también me gustaría que luego, en un momento dado, encontraras a la persona adecuada (adecuada para ti, quiero decir). Yo no lo he conseguido, pero aún no he perdido la esperanza. El problema es que los hombres se quedan encandilados cuando ven por primera vez una jirafa en el zoo: pero luego en casa prefieren tener un perrito.
Por eso me gustaría que te convirtieras en una persona especial como una jirafa en la ciudad, pero con el instinto doméstico del perrito (que es algo que yo nunca he tenido).

Me gustaría, me gustaría, me gustaría.
Que te gustara bailar.
Que, en los momentos de desesperación, no te diera por envidiar la felicidad, o la suerte o los éxitos de los demás, las certezas, los resultados o la luz en casa de los demás: en todas partes hay cosas buenas y cosas malas.

Me gustaría pensar que siempre serás más fuerte que lo que te pueda pasar en la vida.

Me gustaría que encontraras un amigo, alguien que, mientras todo lo demás gira y cambia, se quede quieto y esté siempre ahí.

Me gustaría que leyeras esta carta siempre que lo necesites, para que pueda hacerte bien, como a mí hoy me está haciendo bien escribirla. Me gustaría que, hasta entonces, la guardes siempre, dentro de un sobre, como una especie de amuleto mágico que te protegerá de todas las cosas malas del mundo.

La luz en casa de los demás – Chiara Gamberale

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